MacMan (la i del Mac)

¿De dónde salió la i de Apple?

No fue un flechazo. Steve Jobs se lo pensó dos veces. El ordenador que iba a salvar a la compañía del ocaso y que haría frente al PC había llegado a las oficinas de Apple de Cupertino. Estaba a punto de comercializarse. En código se llamaba CI, pero faltaba el nombre definitivo con el que saldría a la conquista del mercado.

El equipo publicitario dirigido por Ken Segall fue a la sede de la empresa. Jobs estaba absolutamente orgulloso del nuevo ordenador. No se parecía a ninguna computadora anterior. Ni ella ni su ratón. “La parte posterior de nuestro ordenador es más bonita que la parte delantera de los suyos”, dijo Jobs. Era la frase que repetiría, durante mucho tiempo, el consejero delegado de Apple, según cuenta Segall en su libro Increíblemente simple.

–Ya tenemos un nombre que nos gusta mucho pero queremos ver si podéis mejorarlo. El nombre es MacMan –dijo Jobs.

Horror. Segall relata que su equipo quedó estupefacto. No les gustó nada el nombre. Era idea del director de marketing de la compañía, Phil Schiller.

–Creo que me recuerda mucho a Sony –prosiguió Jobs, en referencia a la línea de reproductores de música personales de Sony Walkman. –Pero he de confesar que no me importa nada copiar un poco a Sony. Es una compañía de consumo famosa y no pasaría nada si el MacMan pareciera un producto de Sony.

El argumento no convenció a Segall. “En teoría, Apple, más que ninguna otra compañía en el mundo, se asociaba con la originalidad. Un nombre que recordara tanto al estilo de otra empresa no podía ser muy acertado. Tampoco nos gustaba la parte man del nombre MacMan por la connotación de género que suponía”, relata en la obra.

Los publicitarios de la agencia NeXT se fueron de Cupertino con una misión (proponer un nombre mejor que MacMan) y dos requisitos (debía incluir la palabra Mac y tenía que dejar claro que era la forma más fácil de acceder a internet).

Unos días después volvieron a la sede de Apple. Llevaban varias propuestas y, como baza definitiva, el nombre iMac. “Vivimos en un mundo lleno de palabras. Tenía que ser algo muy sencillo, que captara en un solo término la esencia del producto y tuviera gran personalidad”, cuenta Segall en una entrevista realizada en su reciente visita a Madrid. “El nombre surgió al comienzo del proceso de ideación. A nosotros nos encantaba pero, cuando lo presentamos, a Steve Jobs no le gustó nada. No le convenció ningún nombre que propusimos. Dijo que los odiaba todos”.

Abandonaron la sala de reuniones sin vender un pescado. Pero tenían una última oportunidad y la utilizaron para presentar nuevos nombres e insistir en iMac.

Esta vez Jobs no lo odió tanto. No le gustó, pero en los dos días finales que quedaban hasta decidir un nombre definitivo, preguntó por la compañía y pidió pruebas para ver cómo sería la imagen de la palabra impresa. “A Steve [Jobs] le empezó a gustar la simplicidad de la i junto a una palabra pequeña como Mac y dejaba clarísimo que era un ordenador que te metía en el mundo de internet”.

–En la presentación hablé de la i como la letra de internet, de individual (individual), de yo (I), de imaginación (imagintation)… –cuenta Segall. –Aunque luego vi que en la presentación oficial a medios que hizo Jobs eligió otras palabras que comenzaban por i para justificar el nombre. La i de internet, de todas formas, perdió su significado muy pronto y tomó vida propia.

El publicitario recuerda que en ese momento no podían ni imaginar el alcance que tendría esa letra en el futuro de la compañía. Ni Jobs ni nadie. “No sabíamos que después vendrían los móviles ni las tabletas. Ni tampoco intuíamos que la i se convertiría en uno de los elementos más importantes de la marca Apple”, especifica.

El director creativo que propuso el nombre de iMac es el mismo que diseñó la campaña Think different. Es también el autor de un libro, Increíblemente simple, que habla del valor de la simplicidad y cómo este propósito, convertido casi en una religión, ha llevado a Apple a la excelencia.

“La obsesión de Jobs fue siempre llevar las cosas hasta su misma esencia. En Apple todo el mundo trabaja para hacer las cosas más sencillas. Es la cultura de la compañía. Lo simple, lo puro, lo bello… Es una fe muy profunda, casi religiosa, en el poder de la simplicidad”, comenta Segall.

Esa sencillez se traducía a menudo en agilidad en los procesos. Nada de formalismos. “Muchas veces, cuando estábamos en una reunión, me decía que no escribiera. Que lo escuchara y que en unos días le presentara ideas. No nos daban briefings creativos. Eran conversaciones en las que nos hablaba del producto”, relata el publicitario.

Y nada de filtros de cargos intermedios. “No le gustaba que nadie filtrara las ideas. Él estaba en todas las presentaciones. No quería que nadie seleccionara qué ideas iba a ver después”.

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